Mitos Literarios
Literatura y Mito ( Andrés Amorós )
Varios sectores de la crítica contemporánea se ha centrado especialmente en las relaciones entre literatura y mito: persistencia de la mitología clásica, psicoanálisis literario de los grandes temas míticos, sustrato mítico de algunas grandes creaciones literarias… Casi toda la crítica reconoce la existencia de importantes vínculos entre la creación literaria y los mitos que actúan con fuerza sobre la imaginación colectiva.
El mito, producto espontáneo, trata de dar respuesta a las cuestiones más profundas y más graves que se plante un grupo humano.
El mito encierra su propia verdad, que suele funcionar como un complemento vital de la realidad histórica y la verdad científica. El mito es una parte esencial de la dimensión humana de la realidad.
El mito da expresión a los sueños, las frustraciones colectivas, las vagas aspiraciones del escritor y del lector. Literatura y mito son plasmaciones del inconsciente colectivo, según Jung.
Desmitologización sería uno de los grandes mitos de nuestro tiempo. La realidad es que, por paradójico que parezca, muchas veces se desmitologiza para volver a mitificar de nuevo, y con más fuerza. Los viejos mitos mueren y dejan su puesto a nuevos mitos , recién nacidos o renacidos; muchos de ellos, como es natural, proceden de los nuevos ámbitos culturales: cine, televisión, comics. Se trata de un proceso de acciones y reacciones; también, de modas, en lo que tienen de verdaderamente significativo para la sensibilidad viva de un momento histórico.
El mito no ha muerto, desde luego, y la literatura sigue siendo campo preferido para la actuación de lo mítico. Cabría afirmar, incluso, que hoy los mitos se multiplican y adquieren nuevas facetas, acomodándose a la realidad de los nuevos tiempos.
Don Juan
El burlador de mujeres, el llamado D. Juan, es una de las grandes figuras míticas de la edad moderna. El libertino de don Juan adquirió en la cultura occidental el sentido que en la Antigüedad pertenecía a Venus, porque don Juan encarna la fuerza del amor, el amor desenfrenado. El personaje de don Juan ha ido cambiando su configuración y su interpretación para dar forma a hondos interrogantes sobre la esencia del ser humano. Cada época lo ha contemplado desde su perspectiva nueva o ha añadido algún aspecto que ha ido sumándose a la complejidad del personaje hasta configurar un mito.
Es evidente que don Juan, por la actitud y comportamiento que encarna, existía como tipo humano en la vida real antes de que Tirso de Molina, en el S.XVII, lo convirtiera en protagonista de su obra El burlador de Sevilla. Existían además antiguas leyendas, romances y consejas, transmitidos generalmente de forma oral, que hablaban de galanes mujeriegos, frívolos y burlones, capaces de hacer escarnio de los muertos asistiendo a cenas macabras en las que compartían mesa con una calavera. En cualquier caso, el personaje quedó definitivamente perfilado en la obra de Tirso. Tirso construyó el personaje como un seductor descreído e impío. Don Juan Tenorio recibe el castigo divino porque es pecador, blasfemo y jura en falso que cumplirá su promesa de matrimonio. El burlador de Sevilla tiene indudable referencias religiosas y morales, porque ejemplifica de caso de un hombre joven que peca confiando en que tendrá tiempo de arrepentirse de sus infamias antes de morir, al cabo de muchos años.
En España la versión de Don Juan Tenorio que ha alcanzado mayor popularidad es, sin duda, la que ofrece José Zorrilla en su Don Juan Tenorio (1844). Zorrilla conocía al menos tres versiones del tema de don Juan: El burlador de Sevilla de Tirso de Molina, No hay deuda que no se pague y convidado de piedra de Antonio Zamora (1714) y Don Juan de Mañara del francés Alejandro Dumas, padre (1836)
En Francia Molière retoma en su Don Juan el asunto del burlador de mujeres, pero le añade caracteres más modernos incorporando el tema de la hipocresía en el seno de una sociedad falsa. Y, fuera de la literatura, ha quedado inmortalizado en la música del S.XVIII como un hipócrita redomado y un fatuo en Don Giovani, de Mozart.
Don Juan de Moliére: escrito en nerviosa prosa, de largos discursos, presenta ahora su habitual Sganarelle como cínico criado del seductor. Sin duda, el gran atractivo para Moliére era la escena cumbre de enfrentamiento del pecador con la estatua funeraria del Comendador.
El Burlador de Sevilla de Tirso de Molina. Don Juan se muestra como el conquistador que, mediante el engaño y la burla, seduce tanto a nobles como a campesinas con promesas de amor que nunca cumple. Pero en la obra hay algo más. Su propio título –El burlador de Sevilla y convidado de piedra- indica que aparecen dos motivos temáticos diferentes. Y precisamente el unir la figura del burlador de mujeres con la escena fantástica del convidado de piedra dio ocasión a su autor para poner de manifiesto cómo terminaba sus días quien, desafiando al tiempo y a Dios, dejaba para el final de su vida la conversión y se entregaba al placer más inmediato. Su trágico final, pidiendo a gritos una confesión que no llega a tiempo, es prueba bien clara de que Tirso quería dar a su obra un carácter de ejemplaridad moralizante. El “cuán largo me lo fiáis” que don Juan repite cada vez que alguien le habla de la muerte inevitable tendrá su respuesta adecuada cuando, en la cena final con la estatua del Comendador cantan los músicos:
“Adviertan los que de Dios
juzgan los castigos grandes,
que no hay plazo que no llegue
ni deuda que no se pague.
Mientras en el mundo viva,
no es justo que diga nadie,
“¡Que largo me lo fiáis”,
siendo tan breve el cobrarse”
Don Juan camina desde el principio hacia su perdición. Y Tirso, que presenta al personaje como un ejemplo de pecadores.
Aunque este carácter ejemplarizante se haya perdido en muchas recreaciones de la historia, lo fundamental, lo que ha pervivido, es el tipo de hombre que seduce por el mero placer de la conquista, sin que le importe para nada dejar ultrajadas a sus víctimas.
Precedentes literarios ya hemos señalado algunos, pero habría que señalar precedentes tan importantes como los Comendadores de Fuenteovejuna, Peribánez , o el “doñeador” del Libro de Buen Amor. En el Quijote, en la aventura de los galeotes, aparece un estudiante condenado a galeras por haber engañado a cuatro mujeres.
Don Juan Tenorio de Zorrilla. Es el don Juan que ha alcanzado mayor popularidad. La obra ha sido durante largo tiempo, y aún sigue siéndolo , una auténtica institución teatral, tradicionalmente se representaba el día de los difuntos en muchas ciudades españolas.
La razón del éxito de este Tenorio se debe, según F. Ruiz Ramón, a que Zorrilla supo realzar en don Juan la pura teatralidad que constituye su esencia. Todo en el personaje es teatral: sus gestos, su forma de hablar, su manera de enamorar, de sentir, su modo de angustiarse y de maldecir, e incluso su propia salvación. Para este crítico, D. Juan es el personaje teatral por excelencia. Y aquí es donde habría que buscar la clave de su éxito como obra dramática. Zorrilla mantuvo en sustancia el carácter burlador, tal como había sido creado por Tirso y conservó toda la trama referente al “convidado de piedra”, pero ideó numerosas situaciones nuevas, creo un antagonista en don Luis Mejía, y sobre todo introdujo la referida redención por amor, que anula románticamente la finalidad moralizante y ejemplar de la obra de Tirso
En la primera parte es donde queda declarado el carácter de don Juan, pero la matización psicológica del burlador en la segunda parte es impecable. Las fantásticas escenas del cementerio le va a permitir, para dejar completa su brava estampa, desafiar a los muertos como antes habrá desafiado a los vivos; pero el don Juan que regresa a los cinco años a Sevilla ya no es el mismo: hay amargura en sus palabras, un punto casi de resentimiento cuando le informa el escultor de que todos aquellos panteones de sus víctimas habían sido pagados por su padre con la fortuna del propio don Juan, a quien había desheredado. Pero, sobre todo regresa con el espíritu empapado de melancolía y de nostalgia. Manifiesta su deseo de paz, de renuncia a la ventura, de genuino arrepentimiento, nacidos por el amor por doña Inés, de la fidelidad a su recuerdo. La confesión de su amor es de una hermosa sinceridad y sentimiento; doña Inés cuyo solo amor hubiera podido salvarle, ha muerto por su culpa , y don Juan se siente como desasistido y vacío. No, don Juan no se arrepiente en un segundo, a última hora, aterrorizado por la muerte, como se dice muchas veces; don Juan viene arrepentido después de una ausencia que ha macerado su espíritu. Si luego todavía se revuelve, se contradice, si reaparece el hombre antiguo, es porque esto es lo humano; don Juan no puede instantáneamente despojarse de toda su vida anterior. Doña Inés, también por amor, ha ofrecido a Dios unir la suerte de su alma a la de don Juan; Dios ha aceptado el ofrecimiento, y doña Inés aguarda en el purgatorio temporal de su sepulcro el arrepentimiento final del burlador. Lo no observado es la identidad de esta poética leyenda con el ángel Azael y el nazarita Al-Hamar, en el poema de este último. También aquél castigado a morar temporalmente en la tierra hasta expirar su pecado, une su suerte a la del nazarita, a quien ayuda mientras vive y a quien salva al final con él.
El resto de los románticos vieron con simpatía la figura de don Juan que ellos interpretaron como la encarnación de la fatalidad de un hombre predestinado. Don Juan no tiene opciones ni posibilidad de enmienda, ya que está predestinado, condenado por el Cielo, a cerrarse la salvación así lo perfila la versión de Lord Byron: poema épico-satírico. En la obra hay mucho de autobiografía. Se narran los amores del héroe (que siendo todavía muchacho, se ve obligado a abandonar Sevilla y huir al extranjero) con Haidée (hermosa hija de un pirata, que lo salva tras haber sufrido un naufragio y ser arrojado a una isla griega) y sus galanteos y aventuras en Rusia e Inglaterra, lo que le da pie para llevar a cabo, en los últimos cantos del poema, inacabado, una sátira de la sociedad inglesa.
Más adelante, Charles Baudelaire, en el poema Don Juan en los infiernos, lo evoca como un ser maldito y estigmatizado condenado por su intento de desafiar a los hombres y a Dios a vivir una eterna pesadilla.
Espronceda: El estudiante de Salamanca. En 1840, cuatro años antes de que Zorrilla estrenase su Don Juan, había publicado Espronceda un largo poema narrativo, El estudiante de Salamanca.
En el desarrollo del poema de Espronceda , el carácter donjuanesco de Montemar, que es el que predomina al comienzo de la narración, se ve progresivamente sustituido por lo satánico de su actuación. También en este caso al tradicional tema del burlador de mujeres se unió un nuevo elemento no menos tradicional: el del personaje que presencia su propio entierro, tal como era conocido en diferentes leyendas populares.
Don Quijote
Junto a las jamás igualada sensación de vida verdadera, de realidad, que nos dan las figuras del Quijote, hay que destacar el sentido trascendente que alcanzan los dos héroes cervantinos, no ya en virtud de caudal de ideas por todo el libro esparcidas, sino del simbólico valor que llevan en sí mismos como encarnación de las radicales actitudes humanas. Si la hondura de los grandes mitos literarios puede medirse por la universalidad de su significado, ninguno tan profundo y universal como el atesoran don Quijote y su escudero; ya no se trata aquí de una pasión específica –amor, poder, celos, avaricia- que constituye el valor universal de otros héroes, llámense Don Juan, Fausto, Otelo o Shylock, y que, con toda una proyección, no son sino porciones del complejo espíritu del hombre; lo que don Quijote y Sancho sintetizan son dos modos de ser en los que viene a resumirse toda actividad humana.
Y lo más grande de la creación cervantina consiste en que esta prodigiosa universalidad de sus dos personajes se funden con un individualismo y personalísima existencia. Don Quijote y Sancho son personajes concretos que viven problemas trascendentes de la existencia humana. Todo lo que significan, y al cabo vienen a encarnar como mitos universales, brotan de la misma realidad de su existir.
Nada más diferente , pues, de la rígida inmovilidad de un símbolo, que la fluida y ondulante personalidad de Don Quijote y de Sancho. Sin jamás renunciar al íntimo cogollo de su particularísima actitud vital viven dramáticamente la angustiosa existencia de cada instante. De aquí provienen las “rectificaciones” de los personajes, atribuidas por algunos al autor, pero que son indecisiones y dudas íntimas de aquellos, diversos “movimientos de su ánimo en torno a la quimera central”( Salvador de Madariaga, autor que ha seguido el proceso espiritual de Don Quijote y Sancho) Ambos recorren una curiosa curva de dudas y afirmaciones , al cabo de las cuales se verifica entre los dos una completa osmosis, que han podido calificarse de quijotización de Sancho y sanchificación de don Quijote.
Cervantes va tejiendo un delicado fluir de incertidumbres, aunque la resultante general es un ascenso de la confianza del hidalgo; el final de la primera parte y el comienzo de la segunda representan el período culminante de esta fe íntima, aunque nunca limpia de dudas. Ya en la segunda parte bajo la evidencia del aquel solemne ceremonial con que le reciben los duques, se siente plenamente seguro de sí mismo. Pero ya en el momento de emprender su tercera salida, va don Quijote dando muestras de su nueva tendencia “a pactar con las exigencias materiales” ( dinero, provisiones y paga de gastos…) La dependencia de Don Quijote respecto a su escudero aumenta sutil pero inflexiblemente. Comienza a reconocer la realidad de muchas cosas.
La aventura de la cueva de Montesinos señala un punto crítico en la evolución espiritual de Don Quijote: la mezcla de ilusión y de realidad no es ya tan completa como en otras ocasiones; diríase que la fe se ha debilitado. Por primera vez lo oímos tomar a broma cosas que afectaban a la caballería. La superioridad de don Quijote respecto de Sancho se va resquebrajando y el escudero duda irrespetuosamente de la aventura de la cueva, y el hidalgo ha de pedirle que crea en ella a cambio de creerle él lo que el escudero dice haber visto en el cielo durante el viaje del Clavileño. Desde entonces la novela nos muestra “el lento y patético declinar del ánimo caballeresco del héroe”, hasta su término conmovedor.
Se advierte en Sancho una sostenida ascensión en la que hallamos una de las más apasionantes facetas de su rica psicología; hay que señalar la gran complejidad de Sancho. Una tradición superficial ha reducido su persona a un esquema humano de gran sencillez: al de un rústico materialista y cobarde. Pero el alma de Sancho encierra una trama tan complicada y sutil como la de su señor. Madariaga señala que la equivocada reputación de cobarde se debe sobre todo a las palabras del propio don Quijote, que a cada paso abruma con este baldón a su escudero. Don Quijote allá en lo íntimo sentía frecuentes y crueles dudas sobre sus credenciales de caballero andante; de ahí que el proclamar su condición y su valor se le hubiera convertido en una necesidad vital; sus constantes alusiones a la cobardía de Sancho no son sino indirectas afirmaciones de su propia calidad.
Pero las ocasiones en que muestra Sancho su valor, son bien frecuentes. Lo que sucede es que a Sancho su buen sentido le induce a ser pacífico; frente a su amo que pelea por vocación. Sancho sostiene que nunca peleará si no le va algo importante en ello; y esta prudencia, don Quijote la equipara con la cobardía. Aunque el propio don Quijote, cuando no siente la obsesión de proclamar su acometividad frente a la prudente actitud de su escudero, reconoce a veces la dignidad de su conducta.
El aspecto de mayor interés en el carácter de Sancho es la oscilación de su fe en don Quijote.
Nada para llevar y traer la atormentada fe de Sancho como el egoísmo de adquirir riquezas; el afán y la esperanza tapan las grietas de la duda. La fe del caballero va a nutrir el espíritu del criado. Sancho al par de don Quijote, sin saberlo y en lo íntimo de su conciencia, va buscando razones que fortifiquen su fe, razones entre las que sobresale la admiración hacia las dotes de su amo, a quien por eso mismo se resiste una y otra vez a reconocer del todo como loco.
Penetrado de tales sentimientos no es de extrañar que se produzca esa trabajada ascensión de Sancho, crecientemente atraída por el espíritu de su señor. La transformación de Sancho tiene lugar en numerosos momentos; un instante crucial es el momento en que Sansón Carrasco informa a don Quijote y a Sancho de que su historia anda ya impresa en los libros. Cervantes nos muestra la diferente reacción de don Quijote y Sancho ante la fama; el primero la recibe receloso, temiendo que la gloria real no sea tan limpia y bella como la soñada. Sancho se entrega con ingenuidad al goce de este nuevo placer.
A lo largo de toda esta segunda parte va en ascenso la ambición de Sancho y la estimación de su propio valor, y también el ilusionado afán de gloria que la equipara con su amo, hasta el punto de hermanarse a veces con él en un plural común , colocándose incluso en ocasiones por delante, o tomando la iniciativa en la acción ya en el pensamiento.
Fernández Suárez subraya un aspecto de Sancho sobre el que no es frecuente parar la atención: son las palabras o el gesto protector que el escudero tiene en muchas ocasiones para con su amo y que el crítico Fernández Suárez califica de actitud maternal.
El Quijote fue escrito en el comienzo de una época en la que empezaba a no distinguirse la línea divisoria entre realidad e ilusión, y Cervantes se sitúa en el punto medio entre las dos posiciones fundamentales del pensamiento del s. XVII: la racionalista y la barroca. Ve que la verdad del racionalismo moderno, supuestamente válida para todos los tiempos y lugares, es insuficiente para dar explicación y sentido a la vida; tampoco puede aceptar del todo la doctrina de la ascética barroca, según la cual el mundo es un sueño, ficción, tránsito sólo para alcanzar la única realidad que es la vida eterna. En esta angustiosa incertidumbre, Cervantes intuye que el destino del hombre, loco o no loco, en un mundo incierto por naturaleza, no es tanto moverse entre sombras o puras apariencias, como entre una multiplicidad de realidades, perceptibles unas, soñadas otras, que al ser interpretadas de acuerdo con anhelos vitales –ilusiones, deseos, ideas- producen efectos inesperados. No tanto perspectivismo como super-perspectivismo.
MI perspectiva es verdadera en cuanto mía, pero vivir consiste en el conflicto que se produce entre mi punto de vista y el de los demás, sin que sea siempre posible decir quién es el loco y quién es el cuerdo. Por eso la historia del hidalgo manchego está concebida desde el centro del problema básico para el hombre del posrenacimiento ¿qué es la verdad?
Cervantes lleva directamente a la obra, por eso es considerado el primer novelista moderno, el equívoco mismo que es la obra. En pocas palabras, descubre la fórmula de poetizar la radical incertidumbre de la existencia humana. Por eso no es exacto hablar del equívoco del Quijote. En realidad jamás se ha escrito una obra de arte más clara y natural. El equívoco no está en la novela, sino en la vida que la novela refleja con toda fidelidad.
Lo paradójico es ni equívocos ni incertidumbres conducen a la pesimista inhibición, sino a proclamar la necesidad de vivir, de actuar, de aceptar la ficción como si fuera realidad auténtica.
Música: Suite instrumental , G.F. Telemann (s. XVIII)
Don Quijote. Variaciones sinfónicas , Richard Strauss
El retablo de Maese Pedro, Manuel de Falla
Don Quijote velando las armas. Poema sinfónico, Oscar Esplá (1925)
Don Quijote a Dulcinea. Poemas vocales, Maurice Ravel (1932)
Fausto
Casi sesenta años tardó Goethe en escribir su obra más emblemática. Fausto (1773-1831) Su tema no es nuevo: es la historia de un sabio viejo que vende el alma al diablo para conseguir los placeres de la juventud. Goethe lo tomó de una leyenda medieval que circuló por todas las literaturas. Un precursor Shakespeare, precisamente uno de los que le indujeron a concebir la tragedia como un problema del espíritu, Christopher Marlowe, había escrito ya sobre el mismo asunto. Calderón de la Barca tiene una obra que pudo haber servido también de antecedente: El mágico prodigioso. Además existió un doctor Fausto, famoso por su extraña ciencia, en la Alemania del s.XVI.
Goethe hace que el mito de Fausto avance y se concrete en unos personajes con vida propia: el doctor Fausto, Margarita y Mefistófeles (el diablo).En un pacto diabólico, Fausto consigue la juventud eterna y a cambio se compromete a entregar su alma una vez que alcance la verdadera felicidad, cuando consiga decirle al tiempo: “párate, soy feliz”. Tras recorrer un largo camino en pos de la dicha, encuentra y seduce a la ingenua y bella joven Margarita, que por amor se transformará en criminal, pues mata al hijo que tiene de Fausto para cubrir su vergüenza y de la de su familia. Sigue la muerte de la madre y del hermano de Margarita, este último a manos de Fausto y Mefistófeles. El final de la primera parte nos ofrece una Margarita en la cárcel y condenada a muerte. Fausto quiere rescatarla, pero ella se niega a huir, ya que ha alcanzado verdadera conciencia de sus pecados. Así, en la cárcel morirá redimida. Dios perdonará a esta criatura desdichada que conservó la inocencia en su corazón en medio del dolor y la continua tentación.
Goethe no volverá a retomar la obra hasta 1825. El día de su cumpleaños, en 1831, el poeta selló el manuscrito con la orden expresa de que no se abriese hasta su muerte, que había de llegarle pocos meses después. La segunda parte, de tipo simbólico, aunque aparece escrita en forma de diálogo, es casi irrepresentable. Fausto vivirá una serie de episodios que no guardan ilación alguna.
Fausto, burlando a Mefistófeles, consigue la salvación, porque la Gloria –según Goethe- puede ser alcanzada por los que se esfuerzan.
El Fausto de Goethe tuvo una amplia repercusión en la música romántica. Así, se pueden señalar algunos de los temas musicales de óperas inspiradas en el poema dramático de Goethe:
.- Wagner: siete piezas Fausto
.- Schumann: Las escenas para Fausto
.- Héctor Berlioz: La Damnation de Faust
.- Charles Gounod: Faust
.- Arigo Boito: Mefistófeles
FAUSTO de MARLOWE
El elemento más interesante es la creación del héroe. Un hombre que, a pesar de las limitaciones sociales o físicas, salta todas las barreras para conseguir su objetivo: el saber o el poder. Sin embargo, su ascensión hasta las cumbres de la sabiduría, del poder o la riqueza finalizará con su caída trágica, porque en su ambicioso vuelo ha transgredido las leyes de Dios y de los hombres. Los héroes de estas tragedias son el símbolo de una época que ha visto transformarse su visión del mundo, pues encarnan el debate entre la tradición medieval de acatamiento a las doctrinas religiosas y el hombre renacentista que confía en su capacidad ilimitada para explorar el universo.
La trágica historia del doctor Fausto es la más famosa de sus obras y la que mejor refleja el debate del personaje entre un mundo antiguo y uno nuevo. Fausto, una especie de mago-científico de curiosidad insaciable, sella un pacto con el diablo para obtener 24 años más de vida, pero la sangre con que debe sellar el pacto se le congela. El hombre renacentista se jacta de su coraje, mientras la otra mitad del doctor Fausto flaquea y anhela arrepentimiento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario